DEFINICIONES DE CULTURA

Cultura

“Término de aplicación virtualmente ilimitada, que inicialmente puede entenderse como una referencia a todo lo que es producido por los seres humanos a diferencia de lo que forma parte de la naturaleza. Sin embargo, se ha observado con frecuencia que, dado que la naturaleza misma es una abstracción humana, también ella tiene una historia, lo cual, a su vez, significa que es parte de la cultura. En sus esfuerzos por abordar la aparentemente universal ocurrencia de las prohibiciones sobre el incesto en las sociedades humanas, Claude LÉVI-STRAUSS admite con franqueza que la distinción entre cultura y naturaleza es un ejemplo de BRICOLAGE cultural, en el sentido de que la distinción es simultáneamente inadecuada e indispensable. Dos intentos extremos por limitar el significado del término pueden encontrarse en su uso técnico por parte de antropólogos estadounidenses para referirse a los datos básicos de la antropología, y en su uso honorífico, desde el siglo XVII hasta el siglo XIX (por ejemplo, por parte de Matthew ARNOLD) para referirse a los más magnificentes productos de la civilización. En un audaz intento por evitar estos extremos, Clifford Geertz define la cultura por medio de la SEMIÓTICA como las “redes de significación” tejidas por los seres humanos (1973, p.5). Sin embargo, aún tan amplia definición presupone un papel extraordinariamente potente (pero tal vez justificable) de la semiótica en la vida humana.

Raymond WILLIAMS comienza su famoso ensayo sobre la “cultura” admitiendo que “es una de las dos o tres palabras más complicadas de la lengua inglesa” (1983, p.87). La complejidad, sin embargo, no es sólo una cuestión de utilidad de un término o de eficacia de un concepto. Para aquellos que se enfrentan con la realidad del conflicto cultural, el problema puede consistir en que uno mismo o las propias relaciones sean –o no- reconocidos por la definición de lo humano de otra cultura. Homi Bhabha llega a la conclusión de que “no puede haber un sujeto de la cultura ética o epistemológicamente equivalente”. Si no es posible identificar una humanidad trascendente que no esté basada en la concepción del valor de una cultura determinada, entonces lo que queda es aquello que Bhahba llama “la arcaica indecidibilidad de la cultura” (1994, p.135). Si un grupo ético o nacional puede definir a otro como no humano o subhumano, entonces la cultura se convierte súbita y tribalmente en específica y exclusiva. La definición misma es un acto de violencia y una invitación a un potencial –cuando no actualizado- genocidio. Cuando una cultura elimina lo que considera no humano, se identifica a si misma, de acuerdo con su propia definición, como humana. La identificación cultural en tales contextos entraña el poder absoluto.

Aunque algo de la violencia inicial de la definición de cultura ha sido reconocida como ejemplo de ORIENTALISMO, o esfuerzo occidental por definir y especificar la cultura asiática como el otro, o el otro idealizado, esfuerzos más recientes, políticamente activos, se han preocupado por incluir las definiciones de cultura dentro de lo que fueron alguna vez los Estados-nación unificados en Europa del Este o África. Así como las definiciones nazis de lo humano requerían la exclusión de los judíos, y así como las definiciones de humanidad en el sur de los Estados Unidos excluyeron alguna vez a los negros, así ahora en el Sur de Asia, África y en otros lugares del mundo, las definiciones de cultura son instrumentos de poder político para la exclusión identitaria. Definir “cultura” es definir lo humano; quedar excluido de la definición puede tener un costo extremo.

Desde mediados del siglo XIX, la cultura ha estado sujeta a un abanico de definiciones que se extendían desde la omnicomprensiva noción de perfección humana de Arnold hasta los sistemas de Pierre Bourdieu de violencia simbólica. En “Culture and Anarchy” (1869), Arnold pensaba que la cultura era una búsqueda redentora mediante una educación principalmente literaria de lo mejor que los seres humanos habían pensado y dicho. Desde su perspectiva, la cultura en este sentido tiene el potencial de unificar armoniosamente todas las sociedades humanas. En parte difundida por T.S.Eliot, esta misión de la cultura letrada ha tenido gran influencia en Gran Bretaña y los Estados Unidos. No debe sorprender que las revoluciones culturales evocadas por el pensamiento de Charles Darwin, Karl Marx, Friedrich Engels, Friedrich Nietzsche y Sigmund Freud hayan tenido profundos efectos en las teorías postarnoldianas de la cultura. En una versión opuesta a la teoría Darwiniana de la evolución, el antropólogo estadounidense Lewis Henry Morgan, en 1877, a pesar de su humanitarismo y de sus esfuerzos a favor de la cultura nativa norteamericana, desarrolló un sistema para clasificar jerárquicamente las culturas de acuerdo con sus estadios evolutivos. Otro de los primeros evolutivos culturales fue Eduard Burnett Tylor (1832- 1917), quien fundó la Escuela Británica de Antropología Social. También Engels tenía una visión evolucionista (o quizá des-evolucionista) de la cultura, expresada claramente en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, donde ve la emergencia de la civilización no sólo como la ampliación de los sistemas de trabajo existentes antiguamente sino también como la creación de la clase comerciante, “una clase que se convierte a si misma en intermediario indispensable entre dos productores cualesquiera y explota a ambos” (Marx y Engels, 1968, p.548). Aunque sospechaba de las ideas progresistas y los usos de la historia, Nietzsche (1873-1876 [1983, p.123]) veía que la “verdadera cultura” emergía de una recuperación de la “naturaleza moral” de los griegos clásicos, en repudio al legado de Roma. Para Freud, especialmente en “El malestar en la cultura” (1930), la cultura proporciona no sólo una muralla contra la naturaleza sino también una fuente incesante de oposición al instinto, que conduce a su vez a un descontento continuo de los seres humanos contra esa estructura de defensa que han creado fuera de su siempre dividida subjetividad”.

Michael Payne

 

Definiciones de cultura

“Si la elaboración y definición de dicho concepto constituye uno de los fuertes de la antropología y, a la vez, una de sus más significativas contribuciones a las ciencias sociales y humanas es, al mismo tiempo y contradictoriamente, su debilidad. Ello, por la forma excesivamente lata y ambigua en que es usado y por ese carácter meta-teórico que a veces adquiere. Constituye, igualmente, la fuente de su labor investigadora, en el sentido que la finalidad principal del método etnográfico consiste en reconstruir la cultura, tanto “real” como “ideal”, de la unidad social investigada.
Corrientemente hablamos de cultura refiriéndonos más bien a su aspecto más elevado y espiritual. Así, llamamos culto a quien en realidad es instruido o refinado, confundiendo cultura con conocimiento o con un grado de instrucción. Debemos distinguir entre ese concepto corriente, a veces elitista, de cultura y su acepción científica, es decir su comprensión en categorías de estudios sociales y en especial de la antropología, no en vano llamada también “la ciencia de la cultura” (White,1949).
La primera definición antropológica de cultura se la debemos a E.B.Tylor, formulada en la segunda mitad del siglo XIX, en 1871. “Cultura es la compleja totalidad que incluye conocimiento, creencia, arte, moral, ley, costumbre, y toda otra habilidad y hábitos adquiridos por el hombre como miembro de una sociedad” (Tylor, [1871] 1958: 1).
Desde esa memorable definición que se ha mantenido a través de los años, se han ensayado muchas otras que tienden a completarla, modificarla, ampliarla o simplemente enfocarla desde otros ángulos. Sería imposible pasarle revista a todas ellas; por lo demás, esta tarea ya ha sido hecha en la obra fundamental de Kroeber y Cluckon (1963). Bástenos aquí, siguiendo a dichos autores, indicar que todas esas numerosas definiciones de cultura se pueden agrupar en seis grandes tipos, que enfocan la cultura desde ángulos diferentes, no necesariamente excluyentes, sino más bien complementarios (Cruz, 1964).
Dichos tipos son los siguientes. 1) Definiciones descriptivas, que exponen ampliamente y enumeran los distintos aspectos del contenido de la cultura, considerándola como una totalidad comprehensiva (la propia de Tylor, por ej.). 2) Las históricas, que ponen especial énfasis en la cultura como herencia social o tradición y tienden a definirla substantivamente. 3)Las normativas, las que ponen énfasis en las reglas o normas de conducta y también en las ideas o valores. 4) Las psicológicas, preocupadas de la cultura como ajuste y como instrumento para la solución de problemas; igualmente ponen énfasis en la enseñanza y el aprendizaje de la cultura, en los hábitos y en las tendencias y elementos psicológicos. 5) Las estructurales, que enfatizan, especialmente , la organización y estructura de la cultura y la interrelación de sus aspectos. Por último, 6) las genealógicas, que plantean cómo se ha generado la cultura, comprendiéndola como artefacto o producto y también haciendo hincapié en las ideas y en los símbolos.
Ensayemos ahora, como una primera aproximación, una definición antropológica amplia que abarque la mayoría de esos enfoques. Cultura es el conjunto de comportamientos y creaciones humanas socializadas y estandarizadas producto de la actividad social de los seres humanos. Consiste en ideas y sentimientos, formas de actuar o de comportarse y también objetos sociales, constituyendo un sistema coherente e interrelacionado de estructuras mentales, sociales y materiales.
Esta totalidad compleja abarca la suma de lo que el individuo adquiere como miembro de su sociedad, en forma de una tradición social o herencia cultural. Vale decir, creencias, conocimientos, costumbres, hábitos y habilidades, ideas y valores, normas e instituciones, sentimientos, lenguaje, tradiciones y aún los propios artefactos materiales. La organización de estos fenómenos consiste o depende del uso de símbolos y gracias a esta capacidad de simbolizar –desarrollada en la especie humana- la cultura es factible de enseñarse y aprenderse y, por lo tanto, de transmitirse socialmente.
La cultura se deriva de los componentes biológicos, ambientales, sociales, psicológicos e históricos de la existencia humana y condiciona, a su vez, el propio comportamiento de los miembros de la sociedad. Se convierte así en instrumento por medio del cual el ser humano se ajusta a su medio natural y social. Al mismo tiempo, le provee al individuo los medios de expresión creadora y permite al ser social modificar la naturaleza, incluyendo la suya propia; igualmente, satisface sus necesidades biológicas y sociales. Algunos autores consideran la expresión fenoménica de la cultura más bien como un producto de ella, afirmando que el concepto cultura se refiere únicamente al sistema de valores subyacentes, que constituyen los patrones y moldes para el comportamiento y las creaciones culturales objetivas, más que a estas mismas (Haviland, 1994).
Sin desconocer esa definición restrictiva creemos, sin embargo, que la cultura presenta diversos niveles. En primer lugar, sus propias expresiones fenoménicas, objetivas y visibles, como ser los artefactos, las ideas, sentimientos, creencias, leyes, artes, valores y el propio comportamiento social. En segundo lugar, las normas y reglas para dicho comportamiento y creaciones objetivas, las que constituyen su marco estructural subyacente, que forma el código cultural de una sociedad. Esta polarización entre la expresión cultural externa y visible y su esencia valórica, cohesiva y codificadora, determina también su bifurcación entre cultura real –la que se palpa y actualiza- y la cultura ideal –la que se pretende y se idealiza.
Estudiando la cultura de una sociedad, el etnógrafo debe descubrir, entonces, tanto su código cultural y su cultura ideal, como su cultura real. Es decir, debe descubrir los valores básicos de esa cultura y cómo la gente cree que actúa; pero, al mismo tiempo, cómo lo hace realmente en su práctica cotidiana. Consecuentes con esta interpretación podemos distinguir tres ingredientes en el fenómeno cultural: actividades, ideas y artefactos. Las actividades o comportamientos culturales se refieren a acciones socialmente estandarizadas; las ideas culturales comprenden pensamientos, sentimientos y valores, también socialmente moldeados. Los artefactos, que corresponden a toda característica del medio ambiente hecha o modificada por el ser humano, para ser una creación cultural deben convertirse, igualmente, en objetos socialmente estandarizados.
La cultura representa pues, en un sentido amplio, el comportamiento, los pensamientos, sentimientos y valores y aun los artefactos que el ser humano adquiere o crea como miembro de la sociedad. En realidad, estos tres componentes se encuentran presentes, en diverso grado y proporción, en casi todos los fenómenos culturales; aunque, en la práctica, predomine uno u otro de los tres. Los artefactos u objetos culturales se conocen también con el nombre de cultura material y muchos autores la consideran, más bien, como producto de la cultura que como cultura propiamente tal, en oposición a la cultura espiritual o ideacional y a la del propio comportamiento socio-cultural.
La sociedad crea artefactos socialmente moldeados o estandarizados, que pueden ser reproducidos y repetidos, gracias a los símbolos que los representan; tanto a éstos como a la tecnología que los produce. Ellos son transmitidos y heredados socialmente a través del proceso educativo. Dicho proceso, también transmite los modelos de comportamiento, a través de sus símbolos representativos, como patrones de comportamiento. Igualmente transmite ideas, sentimientos y actitudes a través de sus representaciones simbólicas.
La cultura así concebida, aunque es básicamente un sistema simbólico superestructural, es inconcebible e inseparable de los objetos materiales, las propias acciones del comportamiento y las ideas y sentimientos reales que representa. En este sentido, las tres formas en que se expresa la cultura –artefactos, comportamiento y expresiones ideacionales- son inseparables y se encuentran presentes y combinadas, en diferente grado y predominancia, en cada expresión cultural. Ejemplo sería este mismo libro, como artefacto, producto del comportamiento social y tecnológico, con ideas, conceptos y valores.
La función social fundamental de la cultura es la de contribuir a la reproducción permanente de su sociedad concreta o formación económico-social, incluyendo las propias creaciones culturales de esta. De aquí que no hay una efectiva separación dentro de la cultura real, entre cultura material y cultura espiritual. Tampoco la hay entre sociedad y cultura; mejor dicho, entre una cultura concreta e histórica y la formación social que le ha dado origen. En este sentido, mirar a la cultura como una entidad puramente simbólica y abstracta, como una entelequia metafísica, como un código que se basta a sí mismo, es caer en un idealismo filosófico y en una ideología conservadora que pretende separar la cultura de los procesos y conflictos sociales reales.
Toda sociedad, en el proceso de la producción de su subsistencia, produce a la vez una conciencia social correspondiente, cuya función principal será la de reproducir la propia formación social que la originó. De aquí que la cultura, aunque es fundamentalmente una expresión de la conciencia social de una sociedad –creada históricamente por una formación social concreta- es inseparable y determinada, en esencia, por las estructuras sociales básicas de dicha formación. La cultura, por lo tanto, juega también un papel ideológico y puede expresarse, igualmente, como ”falsa” conciencia social.
Aunque la cultura constituye un sistema interrelacionado e integrado al sistema social, una visión holística de la cultura, aunque correcta en un sentido general, oculta las contradicciones existentes, producto de los conflictos sociales reales de su formación histórico social. De hecho, una cultura lleva el sello de la clase dominante o de las etnias preponderantes o de los sectores privilegiados o elitistas. Sin embargo, como producto del conflicto y las contradicciones sociales, expresadas también en conflictos culturales, se desarrollan culturas de oposición o de resistencia o “desviaciones” culturales, contraculturas y subculturas.
La cultura de una sociedad compleja, por ejemplo, es una unidad diversificada y contradictoria, donde los intereses reales de los grupos sociales se confrontan. De hecho, una cultura concreta está dividida y compuesta por diversas subculturas. Por eso que una posición holística –que entiende los fenómenos socio-culturales como partes de una totalidad- para ser realista, en vez de funcionalista, debe entender a la cultura como unidad en la diversidad y también como una unidad contradictoria.
Es ese carácter holístico, totalizador, que la antropología tradicional atribuye al concepto de cultura, el que la pone en contradicción, en última instancia, con la conflictiva y diversificada realidad social. Más aún, esa visión abstracta y totalista de la cultura la convierte en una categoría ahistórica y, por lo tanto, la separa del proceso social mismo”.

Bernardo Berdichewsky

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