PATRIMONIO

“Patrimonio, a efectos culturales, es el conjunto de bienes a los que reconocemos valor histórico, y en función de éste podemos atribuirle además otros valores o funciones relativos a la conciencia de identidad colectiva, a la conformación de simbologías y aprendizajes sobre los que se sustenta el conocimiento; el patrimonio proporciona a las sociedades referentes concretos de memoria, de sentido por tanto de la tensión entre pasado y futuro en la que resulta imposible concebir que la intuición, la creación genial, sea pura, consistente por sí y aislada de la creatividad y la socialización.

Seguramente por eso todas las sociedades imperiales –en el sentido que empleaba Toynbee-, las dictaduras y tiranías, los ejércitos conquistadores habidos en la historia, todos, pusieron y ponen especial esfuerzo en destruir el patrimonio identificado como tal de los vencidos, de sus sometidos; pusieron y ponen especial interés en superponer su nueva idea del mundo sobre las ruinas del pasado para erigir lo que estuvo y está llamado a ser nuevo patrimonio. Y todos los resultados de ello –las ruinas, los restos bajo tierra, los símbolos escondidos al invasor, las secuelas del miedo y la victoria, los nombres olvidados y sus nuevas advocaciones, las costumbres y las piedras superpuestas, la ciencia continuada sin saberlo en nuevas lenguas, las figuras poéticas vagamente recordadas, el atavismo de fiestas y sacrificios con nuevos disfraces, las habilidades del vencido imprescindibles a sus nuevos amos- componen nuestro patrimonio a los mentados efectos culturales.

Así pues el patrimonio sabemos hoy que tiene dos modalidades primordiales: material e intangible –o inmaterial, aunque este calificativo pueda considerarse incierto-. El primero es bastante fácil señalarlo, no tanto describirlo y mucho menos conservarlo, en tanto la segunda modalidad a veces resulta esquiva o nosotros a ella. Pero justamente porque contamos hoy con una suficiente conciencia del patrimonio y sus múltiples valores, hace falta añadir a la comprensión histórica su consecuente prolongación en el presente: la cultura que hoy construimos, y muy singularmente la que queremos dejar instalada de cara al futuro, tiene ya una carga patrimonial neta con vistas al porvenir. Bibliotecas, museos, archivos, documentos, laboratorios, talleres, el amplio etcétera de nuestras infraestructuras culturales están llamados a proyectarse con una carga patrimonial indudable que invita a concienciar mal usuario a colaborar ya en las tareas de su conservación.

Si la conservación del patrimonio es un campo estratégico en la cultura se debe en gran parte a que hace ya medio siglo que internacionalmente se ha venido construyendo un consenso en torno a la relación entre el patrimonio y la capacidad humana de convivencia, que desemboca recientemente en la idea de interculturalidad, sustentada ahora en la diversidad. La UNESCO ha desempeñado en ese recorrido un papel relevante que fraguó en el Convenio para la protección del patrimonio cultural y natural (habitualmente llamado “Convenio del Patrimonio Mundial”) a comienzos de los setenta, y que viene sirviendo de referente, e incluso patrón, para el desarrollo de normativas nacionales.

En ese trayecto la idea de patrimonio mundial ha ido ordenando el concepto a efectos culturales, de manera que hace tiempo que se manejan al menos siete grupos de bienes culturales constitutivos del patrimonio en general, siete tipos “clásicos”: arqueológicos, arquitectónicos, documentales, tradicionales, bibliográficos, científico-técnicos y artísticos. Cabe hablar de otras dos categorías que, sin ser nuevas en las agendas internacionales, ciertamente han cobrado especial relevancia en las tres últimas décadas: el patrimonio natural, referido a la urgencia de conservación de espacios naturales y de restitución de ciertos equilibrios ecológicos, y el patrimonio sub-acuático que, como su propio nombre indica, es el sumergido bajo el agua y cuya titularidad, responsabilidad y explotación se ven enmarañadas cada vez más por el conflicto entre soberanía de aguas territoriales, procedencia histórica y derechos adquiridos por localización y rescate.

Acerca del patrimonio natural, que tiene una estrecha relación con la cultura y el patrimonio cultural es sí, hay que apuntar la dificultad existente a la hora de discriminar entre el análisis científico del medio (edafológico, orográfico, forestal, hidrográfico, faunístico, etcétera) y la ponderación cultural del paisaje sustentada científicamente en la geografía histórica, pues no siempre el medio  fue como creemos saber, ni los sistemas ecológicos poseyeron equilibrios “perfectos”, ni sus variaciones sucesivas han sido ni ajenas ni sólo debidas al doblamiento humano. Las fronteras entre patrimonio natural y cultural, en todo caso, con ser sutiles constituyen en sí una dimensión enriquecedora del patrimonio mismo, de la memoria y la identidad, y desde luego merecería más inversión en conocimiento de esa geografía histórica que, al parecer, hace unos años que viene perdiendo atractivos de modernidad mal entendida.

Como sea, ya decíamos que la labor de UNESCO en esta materia (quizá la única) es el referente al que volver. La constitución de un “Patrimonio de la Humanidad” desde 1972 ha proporcionado una idea concreta de qué es la herencia de todos, qué riqueza comporta y qué obligaciones arrastra. Más de ochocientos “sitios” declarados en casi ciento cuarenta países componen esa idea. Y el referente lo es en distintos sentidos, ya que una declaración de UNESCO al respecto tiene efectos según qué país y qué economía local reciba la distinción; si para ciudades y países industrializados su patrimonio de la humanidad significa un nuevo factor de crecimiento y cambio, en condiciones socio-económicas menos favorables eso no es tan así. El patrimonio –ya sea o no declarado de la humanidad- comporta en su conservación y proyección local cargas y obligaciones, cuando existe financiación externa para esas cargas se trata sin paliativos de desarrollo cultural objeto de cooperación, pero si no hay recursos externos o peor aún, éstos son insuficientes, o irregulares o renegociados a cada paso o todo ello a la vez, el patrimonio acaba en la pesadilla frustrante de la autoridad local. Y puede sucumbir.

En la medida en que estamos en un período de redefinición del patrimonio encabalgado en paradigmas como la diversidad y la interculturalidad, los referentes históricos materiales, los intangibles y el concepto aún precario de “paisaje cultural”, cada vez van encontrando más cercanía con nuevas versiones de la identidad puesta en contraste con la globalización. Esta línea de redefinición no es ni mucho menos ajena a las elaboraciones ideológicas previas que enfrentaron la idea de identidad autóctona –casi siempre indigenista, pero también neo-nacionalista- con la occidentalización que se denunciaba en el plano cultural pero que trascendía sobretodo al de la desigualdad social y económica. De entonces ha quedado una pobre asociación de identidad con alternativa a lo occidental en sociedades y grupos en vías de desarrollo que, al cruzarse ahora con el patrimonio, depara ciertos debates alambicados y, de momento, poco efectivos.

La dimensión más concreta de estos nuevos cauces de la idea patrimonial es la referida a conocimientos ancestrales, usos y prácticas de los mismos, con incidencia directa en las capacidades de crecimiento de determinados colectivos. Conocimientos y usos en materia de especies naturales, o técnicas agrícolas, ganaderas o medicinales, de manejo de los recursos en fin que aparecieron cooptadas, y muchas comercialmente ”desaparecidas”, en la jurisprudencia internacional de registros, patentes y marcas. Este es, seguramente, el único ámbito en que el patrimonio como concepto ha de tomar posiciones en un conflicto de la identidad y su proyección en la vida material, tanto de forma tangible como en su contraria.

En cuanto al patrimonio intangible que hoy ocupa gran parte de la atención de los expertos su identificación y protección parece menos conflictiva aunque desde luego compleja. Hay una tendencia a resolver sus contenidos asociándolos a la idea de “tradiciones populares” que no es desacertada ni incorrecta, pero que retorna a la estéril diatriba entre la alta cultura y la popular que ya sabemos que a poco o nada conduce. Si algún día comparásemos el volumen de recursos movilizados y su derrama social de unas fiestas locales con cincuenta mil ciudadanos movilizados, con los de una exposición de arte o un concierto barroco por ejemplo, lo de alta y popular volverá a tambalearse en términos siquiera sólo de patrimonio (no hacemos esas comparaciones, porque ese no es el problema).

Patrimonio intangible es, en síntesis, el generado, sostenido y reavivado por la creatividad en la socialización del conocimiento sin que necesariamente se materialice en uno o más bienes con valor de mercado. Porque también asisten al patrimonio intangible bienes concretos que sólo intervienen en la manifestación de una tradición o una fiesta, pero que fuera de ella su valor es venal o estrictamente etnográfico: un tipo de bordado, una arquitectura efímera, un instrumento que sólo acompaña un festejo determinado, son materiales pero sólo funcionan patrimonialmente en el conjunto intangible de la celebración o el rito del caso.

Lo más relevante y trascendente de la idea de patrimonio intangible es la apreciación de los aprendizajes y las capacidades organizativas de los grupos concretos. Aprendizaje y organización en los que el grupo hace de la memoria, de la transmisión de conceptos, de criterios y pautas y de la cooperación con objetivos estructurados, activos reales de su articulación social y política. Las fiestas y tradiciones, tomadas como campo cultural, reúnen el acervo humano en que se basa este concepto de patrimonio intangible. En ellas está contenido el bagaje con que los pueblos, los grupos humanos, atesoran su capacidad potencial de cambio y persistencia respecto a su entorno; un bagaje de ideas y recursos para la supervivencia –la tradición con su carga conservatista- pero también para proponer en lo extraordinario la posibilidad efectiva de cambiar lo cotidiano –la fiesta como idea de horizonte vital mejor-.

A partir de tal fundamento, uno de los resultados históricos que también detecta el patrimonio intangible es justamente el salto de aprendizajes y capacidades de organización desde tradición y fiesta a otros campos culturales, e incluso otros sectores de actividad, hasta convertirse en un recurso de valor creciente y principalmente detentado por el grupo o sociedad concreta en que se originó. Puede tratarse de una pericia artesanal, de un virtuosismo artístico, de una habilidad industriosa, incluso de un estilo de vida o adaptación al medio. Lo cierto es que cuando se instala como capacidad de creación o interpretación reconocida por sociedades distintas –el flamenco para Andalucía, el tango para Argentina-, lo intangible se presenta con toda su dimensión patrimonial. El salto lo es desde la destreza a la creación, sin abandonar un ámbito de creatividad específica.

UNESCO, con su inveterada destreza, aprobó en 2003 la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial que entró en vigor el 2006, y con ella ha establecido líneas de reconocimiento del patrimonio intangible: “tesoros humanos vivos”, “lenguas en peligro”, “música tradicional” y “obras maestras del patrimonio oral e inmaterial”, todo ello de la Humanidad, claro. Sucede que la también inveterada tradición de UNESCO detiene el consenso en la percepción protectora, paternalista y contrita de la cultura mundial; vuelve a aceptar la existencia marginal de la cultura en el sistema económico; y a transmitir que desde la creatividad “popular” sólo es viable la subsistencia. Es falaz; pero sea”.

 

Pedro Vives    

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