FINANCIACIÓN Y FISCALIDAD

Financiación de la cultura

“Es el conjunto de fórmulas de captación de recursos en el sector, dentro del sistema económico en que se encuadra. Deben diferenciarse la financiación pública de la privada, así como la normalizada jurídicamente de manera de manera específica para la cultura, de fórmulas que comparte con el resto de actividades. En los últimos años ha cobrado un protagonismo singular por la peculiaridad de las fuentes financieras de gran parte del sector, llegando a ensombrecer y suplantar al análisis económico propiamente dicho; en general, la mayor parte de la financiación de la cultura consiste en transferencias desde los márgenes del sistema económico por vía pública o privada, y sólo algunos segmentos de actividad –especialmente audiovisuales- cuentan con porcentajes suficientes de financiación propia. También se considera un apartado especial de la juridicidad de la cultura por los matices existentes en las legislaciones nacionales”.

 

Fiscalidad de la cultura

“Al igual que sucede con la financiación, prestamos una atención distorsionada a la fiscalidad de la cultura sin duda por la dualidad y desestructuración del sector desde el punto de vista económico. En todo el mundo occidental se acepta que la cultura, sus actividades, productos y servicios, requieren un tratamiento fiscal específico que suele apoyarse en su consideración como bienes sociales si no de primera, de reconocida necesidad. Ello se traduce en la aplicación relativamente regular del principio de exención con diferentes grados y objetivos, con el fin de no encarecer el precio final a los usuarios. Pero esta práctica tan generalmente aceptada sólo revela dos cosas: que hemos arraigado la idea de que la cultura ha de tender a su gratuidad, y que su articulación económica está presidida por la aceptación de la llamada “fatalidad de costes”; en definitiva que, tal como asumimos socialmente la cultura, una multitud de sus productos y servicios son comercialmente inviables, pese a que en sus estructuras de producción frecuentemente intervienen transferencias y ayudas de relativa importancia.

Es, sin duda un círculo vicioso: la cultura ha de estar a disposición de la sociedad; los individuos pueden optar por no adquirirla; la cultura no suele reunir ingresos propios suficientes; luego es fatalmente costosa; su precio final no es comercialmente asumible; requiere transferencias netas; el estado debe abaratarla renunciando a impuestos y aranceles,… porque ha de estar a disposición de la sociedad y vuelta a empezar. En ese ciclo sin solución se da la paradoja de que el sector que más valor añade a sus producciones es el que más excepciones suma en la fiscalidad del valor añadido. Y otra más: en la sociedad de la opulencia y la ostentación la cultura es la actividad con mayor carga emblemática, siendo económicamente la menos apreciada. Una mínima ordenación de las actividades económicas que integran el sector cultural serviría para revisar la exención como principio fiscal, y plantear en muchos segmentos la justa equiparación impositiva que sitúe al sector en pie de igualdad con el conjunto del sistema económico; la industria “del entretenimiento” por ejemplo, estrechamente ligada al contenido cultural, hace tiempo que se zafó del círculo vicioso.

La cuestión de fondo pudiera aparecer buscando respuestas a la simple pregunta de por qué la cultura en general no resiste relaciones coste-precio razonables. ¿Es que la secular precariedad laboral del sector no admite reforma ni normalización alguna? ¿O que la relación valor-precio de la cultura permanece ausente de nuestra socialización, de nuestros sistemas educativos? ¿O qué parte de los costes culturales es intocablemente elevada en cada producto, de forma que no puedan plantearse cambios como lo hicieron y hacen otros sectores? ¿Tendrá algo que ver la escasa generación de empleo y renta del sector con su infravaloración social y económica? Lo cierto es que la minoría de edad fiscal de la cultura no puede aceptarse mucho tiempo más como resultado imponderable; convendría enfocarla como síntoma de que debe haber varios vacíos en la inserción del sector en las sociedades modernas”.

Pedro Vives

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